anuncio loteria de navidad

Ahora que estamos en navidad, es muy común acordarse de los anuncios de la lotería de navidad. El año pasado el anuncio se rodó en Cantabria, pero el bar del final del anuncio no se encuentra en esas hermosas tierras, se encuentra en la calle Girona número 69.

Aprovechamos para desearos FELICES FIESTAS.

Carta de una clienta

Diciembre 17, 2008

Café del Centre, carrer Girona nº 69

 

Uno de mis bares favoritos es el Café del Centre, en la calle Girona, casi en la esquina con Consell de Cent. Es un bar bonito, antiguo, auténtico. Hace años que lo conozco. La mayoría de las veces he ido sola.
Hace un tiempo temí por el Café del Centre, demasido vacío y dejado. Pensaba: “cualquier día vendré y esto será un Starbuck’s”. Pero no, el verano pasado lo pintaron y arreglaron respetando toda su esencia y ahora tiene su buena vidilla, más gente, comida, pero sin perder ese poso decadente y de “saudade” que invita a meditar a los solitarios o a tertuliar a los acompañados.
Antes había un gato merodeando por el bar, un vez se sentó acurrucadito a mi lado. Hace tiempo que no lo veo, mejor no pregunto.
Suelo ir porque paso a menudo por allí, pocas veces paso sin entrar a tomar un café o una caña. Unas veces paso de camino a Gracia para ver a los amigos, entonces tomo caña. Otras veces paso bajando de Sagrada Familia, de casa de mis padres, entonces café o caña, dependiendo del ánimo que me hayan dejado. Caña en barra, café en mesa. Ojeo el periódico en barra, saco libreta y escribo o dibujo en mesa.
Suele haber poca gente y me gusta sentirme anónima, libre, como un paréntesis de la vida, en “PAUSA”…

vivaslasvidas-propostes.blogspot.com/

Escrito de un poeta

Diciembre 8, 2008

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Entro en el viejo café, ahora lleno de gente y humo de tabaco suspendido a media altura. Afuera hace frío y mientras me acerco a la barra por mi cabeza van pasando como diapositivas proyectadas contra un pared imágenes de lo que pediré –café, café con leche, un té–, van pasando imágenes que caen igual que fichas de dominó –chocolate, un suizo–, imágenes reclamadas por mis manos frías y mis pies helados mientras me acerco a la barra pasando junto a las mesas atestadas de gente, avanzando hacia el interior del café entre una nube de humo denso y olor dulzón a tabaco de pipa –un capuccino, un cortado, un carajillo– que se aparta dejando un espacio vacío a mi paso y con desánimo lo vuelve a ocupar. Apoyo las manos en la barra de madera, levemente pegajosa sobre el barniz. La luz del café es tenue. No una luz deliberadamente tenue para hacerla acogedora, no. Es una luz triste y sucia, una luz de ciento veinte voltios que deja el techo en inquietante penumbra cuatro metros por encima de mi cabeza. Cuando se acerca el camarero le respondo con dos palabras: una cerveza. Afuera hace frío y tengo los pies helados y sin embargo digo una cerveza. Y lo digo como podría haber dicho “buenas tardes” o “descanso dominical” porque por mi cabeza siguen cruzando diapositivas que van cayendo como fichas de dominó, o como naipes lanzados con desdén por un croupier aburrido. Debo desconectar. Se han formado las palabras así, sin avisar de que venían o sin solución de continuidad. Debo desconectar. Me lleva unos segundos comprender que es la respuesta a la cerveza que acabo de pedir, que sin duda será la primera cerveza.

Una pareja se levanta y me cuelo deslizándome entre las mesas para ocupar la que ha quedado libre, al fondo de la sala, en el rincón, junto a un biombo que divide, más mental que físicamente, el café en dos partes. Enciendo un cigarrillo y las volutas ascienden caracoleando para diluirse con el humo de la pipa de ese caballero canoso que lee la prensa, y con el de esa chica pelirroja que deja que el humo de su cigarrillo caiga de sus labios entreabiertos, y con el de su compañera de mesa que lo despide con un beso descuidado. Después abro el libro de Faulkner por la página marcada, la ciento veinticuatro, y leo hasta la ciento veintisiete. Lo cierro, cojo la libreta y empiezo a escribir esto. Pido otra cerveza, la segunda.

El café se va vaciando. Lo noto por el murmullo, el zumbido monótono de las conversaciones sobre las mesas. Hace un rato era sólo eso, un zumbido inextricable, una amalgama de voces que se entrelazan y tejen y quedan flotando sobre nuestras cabezas mezclándose con el humo con olor a pipa. Pero ahora comienzo a distinguir las voces, los diálogos. Mi mirada sigue la punta del bolígrafo que se desliza sobre el blanco de la libreta pero noto que el café empieza a vaciarse porque ahora puedo seguir el hilo de las conversaciones. A mi derecha un chico se esfuerza con su precario inglés “because… eeeeee… the… eeeeee… fish… eeeee… because eee the fish… eeeeee…” mientras la chica a quien se dirige, que por su vestido hecho con retales de tela del sofá de la abuela deduzco que es inglesa, lo observa entre inquieta y satisfecha, con una sonrisa en los labios, como orgullosa y feliz por ser el objeto del esfuerzo de comunicación del chico. Frente a mí un grupo de veinteañeros hablan de la guerra civil. He escuchado muchas historias sobre la guerra civil en boca de mis abuelos en el frente y mis abuelas a la espera, pero el tono de esta charla es radicalmente distinto. Las de mis abuelos eran historias mínimas, íntimas, porque en realidad no hablaban de la guerra sino de ellos mismos, de sus ilusiones o esperanzas rotas, de sus penurias. Mis abuelos hablaban de la guerra porque sólo hubo una, la suya, mientras que estos chicos hablan de una, la guerra civil, como podrían hablar de otra. Estos chicos hablan de la guerra civil como podrían hablar de fútbol, si no fuera que no hablan de fútbol porque se visten de intelectuales y su charla es sólo para demostrar y demostrarse a sí mismos lo que saben, porque son unos intelectuales cultos y leídos que lo mismo te hablan de la guerra civil como de María Callas, pero nunca de fútbol. Por lo menos no entre ellos. Ahora hablan del hombre de neardenthal.

A través de los ventanales del café veo pasar a la gente bajo su paraguas, caminando deprisa. En el café sólo quedan tres mesas ocupadas, además de la mía. Me levanto y me acerco a la barra para pagar. Son más de las diez de la noche. Seguro que afuera sigue haciendo frío.

http://arrebatos.blogspot.com/

 

Anuncio movistar

Diciembre 8, 2008

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Recientemente se ha rodado el anuncio Movistar, en él se promociona una oferta de la compañía. La verdad es curioso pero ¿quién no lo ha visto?, se ha emitido a todas horas y en todas las cadenas  y en este anuncio el bar se ve genial.  Carla

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Alejandro Sanz, Si tu me miras

Septiembre 29, 2008

El marbre de les taules, la fusta dels bancs i les cadires, el ferro de les columnes, els cuadres…tot fa pensar que ens trobem davant el decorat d’una pel.lícula ambientada en una altra època, i això mateix van pensar molts directors de cinema que han rodat escenes de les seves pel.lícules al Cafè del Centre. Aquest local tan emblemàtic de l’Eixample barceloní el va obrir l’any 1873 l’Agustí Bel, avi de l’actual propietari, també anomenat Agustí. Al principi va ser un casinet de jocs, però amb Primo de Rivera es va prohibir el joc i el local es reconvertí en bar. Al llarg de la seva història, el Cafè del Centre ha estat un lloc de trobada i de tertúlia de molta gent de les arts, les lletres i la política, i de sempre ha tingut un paper dinamitzador de la vida social de la ciutat. L’atmosfera del local sembla plena de paraules, pensaments i records.

Artícle de Joan Anton Font, per El Taulell

Imagen del cafè

Septiembre 29, 2008

El cafè del Centre és el més antic que encara roman obert a l’Eixample. Els antics cafès d’aquest districte ho han tingut més difícil per sobreviure que els seus contemporanis del Born, el Gòtic o el Raval. Par del mèrit de la supervivència d’aquest local genuí la té l’incansable Agustí Bel, que porta més de seixanta anys rere el taulell amb l’ànim de protegir tot el llegat que ha heretat.

El Cafè del Centre ve obrir la persiana l’any 1873 de la mà de l’avi de l’actual propietari. En els inicis era un casino de joc, de fet s’anomenava Casino del Centre i ja disposava d’una petita barra. Amb la dictadura de Primo de Rivera i la prohibició del joc, el casino es va convertir en cafè. Sembla que l’altell de fusta que encara hi ha al final del local, tapat amb cortinetes, continuava acollint alguna que altra juguesca. Van aprofitar el mobiliari del casino, i una de les sorpreses del cafè és una taula de marbre polièdrica amb ranura. No és més que una taula per jugar al bacarrà. El crupier seia a l’extrem de la taula i en repartir les fitxes n’introduïa una pel solc, que anava a parar directament al calaixet de sota, “per a la casa”, és clar. La guerra i la postguerra van ser l’època més negra per al cafè. “Però sempre hem tingut clients i hem anat fent, mai hem tingut por d’haver de tancar”. Segons li va explicar el seu pare, Salvador Puig Antich era un d’aquests clients que freqüentava, el Cafè del Centre. bé podria ser, ja que el jove anarquista va ser detingut a pocs metres del cafè, al número 70 del carrer Girona.

Potser ha estat l’ambient bohemi que s’hi respira, però a l’entorn de la taula de bacarà i de les altres taules de marbre s’hi han començat nombroses tertúlies culturals i el lloc ha atret durant décades grups d’intel.lectuals. Són incomptables els actors, músics, polítics, intel.lectuals, que han freqüentat el local i hi han viscut els esdeveniments més importants del país, tal i com explica Agustí Bel. “Hi ha hagut moltes tertúlies i s’hi han seguit debats polítics importants per televisió, però futbol mai… no m’agraden els crits.” Ara l’ambient és més tranquil però no deixa de ser pintoresc, des de parelles que busquen intimitat a l’estança del fons separada per una mampara a tertúlies literàries, passant per algun estranger badoc que, amb el Time Out a la mà, busca la taula de bacarà. L’ambient tan genuí del local també ha atret directors de cinema, televisií i publicitat. S’hi han rodat algunes pel.lícules, curts, serials, videoclips dels cantants més fashion, i fins anuncis de patxaran. “S’hi roden una o dues pel.lícules l’any i tres o quatre anuncis”.

Del cafè n’han variat poques coses, se’n conservent els mobles de fusta fosca, les taules de marbre, el llarg blanc de punta a punta, realçat amb decoració floral modernista, el terra, els miralls,… Tot amb decoració senzilla però d’estètica modernista i diverses obres de gran format del pintor català Martí Teixidor. En un dels extrems del local, també s’hi conserva un piano que, anys enrere, havia amenitzat les vetllades amb el pianista del restaurant Set Portes. Van deixar de fer-ho amb l’arribada dels veïns al barri. “Si ve algú que sap tocar encara el tenim a disposició, si ha de tonar la murga, no”, explica l’Agustí.

A finals dels vuitanta, principis dels noranta, la feina va baixar molt ja que l’ambient es va traslladar a d’altres punts de la ciutat. Va ser aleshores que van decidir incorporar el servei de restaurant i convertir-lo també en bar de copes. Per causa del pintoresc altell de fusta que hi ha al final del local, els va costar més d’aconseguir el permís. De moment, les tertúlies del Cafè del Centre no perillen ja que els fills d’Agustí Bel fa uns anys que treballen al cafè amb la intenció de continuar la nissaga familiar.

Del llibre, GUAPOS PER SEMPRE, BOTIGUES EMBLEMÀTIQUES DE BARCELONA

Cafè del Centre al carrer Girona nº69, telf: 93 488 11 01